Cultura

Un oboe, protagonista del quinto concierto

El quinto concierto de la Temporada Sinfónica inició con la Obertura de la ópera “Der Freischüts” –El Cazador Furtivo- del compositor Carl María Von Weber. Esta magnífica pieza sinfónica nos traslada al romántico bosque, con sus hechizos y elementos de la mitológicos germana; La Obertura presenta dos secciones, una introducción lenta, y otra rápida y apasionada.

El sonido de los cornos exponen una célebre melodía. Un trémolo, unos golpes de timbal, anuncian el drama que desarrollará la ópera. En contraste dramático luchan el bien y el mal, triunfa el bien; la Obertura resume el vibrante contenido del místico drama escénico y termina con un aire de infinito regocijo. Regocijo que mostró el público al brindar sus aplausos, a la equilibrada orquesta, al director.

El programa continuó con el Concierto para Oboe y Pequeña Orquesta en Re mayor, de Richard Strauss. Gran expectativa había creado este hermoso concierto, considerado una de las mejores obras para este instrumento, así como por la participación de Dejan Kulenovic, oboísta principal de nuestra Sinfónica Nacional. Siguiendo el modelo clásico, esta obra llena de lirismo y encanto romántico, consta de tres movimientos encadenados, lo que demanda del solista una gran resistencia, en sus largas frases sin respiración.

El primer movimiento “Allegro”, en forma de sonata, expone los dos temas principales; tras la breve introducción de los chelos, el oboe inicia con un fraseo ininterrumpido de gran belleza. El segundo movimiento “Andante”, meditativo, elegíaco, es notable por su intensidad, transparencia, y el lenguaje armónico esencialmente diatónico.

El solista con afinación y belleza sonora, con destreza técnica y expresión poética, dejó evidente las posibilidades del oboe, instrumento esencialmente melódico. El “Vivace” del tercer movimiento es de carácter alegre, el oboe domina con saltos angulares y cambios de registro.

La orquesta acompaña, el director pauta, Dejan Kulenovic impregna todo el preciosismo que la obra demanda, y consigue finalmente emocionar, el sonido de su oboe ha penetrado a nuestros sentidos, y la ovación recibida es la mejor respuesta, lo que lo lleva a un “encoré”, escuchamos entonces el aria de Orfeo de la ópera de Gristoph Willibald Gluck, “Orfeo y Eurídices”, y quedamos fascinados al igual que aquellos, cuando escuchaban la lira del mítico Orfeo.

Luego del intermedio, fue interpretada la Sinfonía No.2 en Mi Menor de Sergei Rachmaninov, considerada la obra cumbre del compositor. Los musicólogos e historiadores señalan que Rachmaninov siempre intentó con su música exteriorizar su nostalgia y el amor a su tierra: Rusia, a la que jamás volvería, esa nostalgia trasciende en esta hermosa Sinfonía impregnada de romanticismo, que consta de cuatro movimientos. Un misterioso “Largo” abre la sinfonía, un motivo melancólico es introducido por los violonchelos y contrabajos, clarinetes y fagotes. Un segundo tema es expuesto por los instrumentos de vientos y luego por las cuerdas, regresa el primer tema del “Largo”, y culmina en una coda.

El segundo movimiento “Allegro molto” presenta dos motivos, el primero es un “scherzo” introducido por las trompas, el segundo se convierte en “leitmotiv”; al final los metales introducen un nuevo tema que deriva del “Dies Irae”, Himno latino del siglo XIII. El tercer movimiento “Adagio” alcanza un climax emocional, tras el interludio, el violín y el corno inglés exponen una melodía romántica, seguida por el clarinete –Jorge Torres Sosa-.

El “Allegro vivace” movimiento final, transmite toda la esencia de la obra y recapitula los motivos expuestos en los movimientos anteriores. La Sinfónica en armonía respondió a los requerimientos del director Jaime Morales.

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